Nuestro tercer lugar es una burbuja

Hay algo en la geografía y en los lugares que te vieron crecer que, de alguna u otra forma, te definen.

Yo crecí en una calle de tierra en la población “Trabajadores Unidos” del cerro Los Placeres. Era una calle sobre una pequeña loma que te permitía mirar cómo partían los pescadores mar a dentro antes que saliera el sol; se veían como pequeños puntos blancos en un mar negro, indescifrables y a la vez inconfundibles.

En esta calle todos nos conocíamos: desde el negocio de la esquina hasta el muro que delimita la calle y daba inicio a una escalera interminable hasta el mar.

A las 9 años me fui de ese lugar, pero volvía cada domingo a ver a los familiares y a juntarme con mis amigos, un ir y venir que se mantuvo hasta mi adolescencia. El ritual era bien sencillo: luego de almorzar con toda la familia, me ponía mi chaqueta, salía a la calle y caminaba con paso firme hasta el muro. Si tenía suerte me fumaba un cigarro solo, si no, otro miembro del grupo gritaba “¡Segundo!” al verme fumar. Y debía compartir lo que quedaba de cigarro… Era nuestra ley.

Nadie mandaba un mensaje ni llamaba, nunca nos pusimos de acuerdo y el que llegaba primero, simplemente esperaba. Los demás se iban uniendo, incluso habían días que nadie llegaba, pero no habían lamentos ni enojos. Era parte del acuerdo que nadie discutió y que en silencio todos aceptamos.

Estaban los de siempre y, a veces, llegaban algunas caras nuevas que siempre eran bienvenidas.

No recuerdo qué diablos hablábamos tanto, pero era todo lo que hacíamos. A cualquier hora podíamos contar que no estaríamos solos.

Ray Oldenburg, éste es el cabro que te digo yo

Según Ray Oldenburg este era mi “Great good Place”, mi tercer lugar. Un lugar que no es ni el hogar ni el trabajo. Un lugar que es económico, donde a veces había comida (o tragos varios) pero si faltaba no era esencial. Todos llegábamos a pie y, a pesar que algunos iban y venían, un grupo siempre se mantenía para avivar la conversación.

Estos lugares siempre han tenido espacio en la historia del mundo. La revolución Francesa tuvo sus cafés de París; la independencia de Estados Unidos, sus tabernas; la ilustración, los cafés de Londres y los Pokemones tuvieron el Eurocentro.

Cheers, donde todos conocen tu nombre

En la cultura pop, el Tercer Lugar por antonomasia fue Cheers, el lugar donde “Todos conocen tu nombre”, le siguen el Tom’s Restaurant, el Sandlot, Central Perk, McClaren’s Pub y la Casa del Jota.

Sí lo piensas, nuestra vida ocurre en el ir y venir de la casa al trabajo, pero nuestra interacción en el tercer lugar es el que hace “avanzar” la trama: donde se reflexiona para tomar decisiones o donde se cometen nuestros grandes errores.

Para nosotros los Xennials, al crecer nuestros terceros lugares no eran determinados por la geografía sino por los intereses. Con internet, todo el mundo puede volverse tu tercer lugar. En vez de caminar, sólo debes conectarte y hasta puedes estar en varios lugares al mismo tiempo: mientras sigues el hilo de un Foro, conversas con otros en IRC, mientras actualizas tu personaje de tu MMO favorito, postear en Facebook el resultado y seguir un #hashtag en Twitter. Desde tu pieza puedes estar en todos lados con gente que tiene los mismos intereses que tú.

Por otro lado, la cultura de la productividad y la capacidad de deuda nos han llevado a trabajar todo lo posible para poder pagar lo imaginable. Cansados nos acostamos, nos drogamos para poder despertar y eso nos quita el sueño. La ruta casa-trabajo-casa es una consecuencia de la falta de tiempo por lo que, para optimizar, todo es enviado a nuestras casas: Nuestra ropa, zapatos, juegos y hasta el supermercado nos llegan a domicilio para obtener “tiempo libre” (el cual terminas pagando en cómodas cuotas). Por otro lado, la propiedad privada carga con el miedo de ser víctima de la delincuencia por lo cual nos encerramos en nuestras comunidades y conocer incluso a nuestros vecinos, es una tarea titánica.

Vivimos en nuestros burbujas virtuales, con ofertas sólo para nosotros, con temas que sólo nos gustan a nosotros; compartimos con la gente que tiene los mismos puntos de vistas que uno mismo y eso nos hace sentir cómodos en nuestras pequeñas realidades que alimentan ese constante soliloquio, lleno de #selfies y referencias a uno mismo. Al final del día no tenemos reales diálogos, sólo poseemos una pequeña audiencia a la cual transmitimos.

Soy un gran fan de la tecnología. La uso para mi ocio, entretención y también es parte de mi trabajo y de mis hobbies. Estoy conectado al menos 16 horas de mi día lo cual me ha permitido desarrollarme en todas las aristas que alguna pude imaginar, pero no puedo dejar de pensar que eso, junto a un montón de otros factores, sólo ha hecho que mi intolerancia a la frustración se fortalezca y crezca “sana y fuerte”: si no es 100% perfecto y segmentado para mi, entonces no quiero ser parte de ello, ni siquiera conocerlo, ni siquiera reconocer que existe

Sí, es un análisis sesgado. Sí, hay todo un mundo de bondades que nos ha traído la tecnología y la capacidad de conexión, pero hoy me siento nostálgico. Hoy tengo ganas de salir a la calle sin confirmación ni cita agendada, caminar guiado por la costumbre y sentarme en una plaza a esperar que alguien a lo lejos me grite “¡Segundo!”

  • Gabriel Vargas

    Con mis primos nos juntábamos en una pequeña loma de cemento a conversar y a imaginar cosas, lo llamábamos “El Axis mundi”. Reventábamos “pisacuetes” y aveces se quebraba y cuando pasaba eso tratábamos de restaurarlo por que sentíamos que era un lugar sagrado. Me gustó tu post por la nostalgia. snif..saludos!